Las Caldas: un paraiso por descubrir
  Ruta de la Salamandra
 

Longitud: 9,6 kilómetros. 

Inicio:
La Arquera (Puerto – Oviedo). 

Final: Caces (Oviedo). 

Duración:
Menos de 2 horas.
 
Acceso: 
A La Arquera, pueblo que está a 12,1 km de Oviedo (capital del Principado de Asturias), se llega en coche por la AS-322 (Santa Marina de Piedramuelle-Soto de Ribera, por Las Caldas). Por otra parte, la línea número 3 del transporte urbano (TUA) nos deja a unos cincuenta metros del inicio de la ruta. 

Especies animales:
Alimoches, halcones, garzas, mirlos, jabalíes, corzos, zorros, salamandras. 

Observaciones: 
—Esta ruta se une con la del Buitre [véase ficha], que tiene una longitud de 6,9 km, por lo que los senderistas pueden juntar las dos y hacer mayor número de km. 

—Para hacer esta ruta, además de ir calzados adecuadamente con botas de monte, e incluso katiuskas para el agua, debemos equiparnos de unos buenos prismáticos y unas guías de campo: de aves, de insectos, de hojas, de huellas y señales, compañeras imprescindibles en nuestro camino. 

—La ruta está señalizada con unas baldosas colocadas estratégicamente, pero para no afear el entorno se encuentran ubicadas en bordes de caminos, piedras o muros que nos obligan a buscarlas cuando llegamos a un cruce o desvío de camino. Ésta es una ruta para descubrir la naturaleza, incluidas las señales. 

—Ayúdanos a mantener limpia la ruta, no alteres el entorno, no cortes ramas, no retires piedras de los muros y si encuentras una portilla, por favor ciérrala, estamos en una zona con uso ganadero. Cuidado con el fuego; si ves un incendio, avisa al 112. 

Descripción de la ruta.

Ésta es una de las tres rutas (las otras dos son la del Buitre y la del Oso) habilitadas, por el Ayuntamiento de Oviedo y el Fondo para la Protección de Animales Salvajes (Fapas), a través del proyecto denominado Naturaleza de cercanías en Oviedo, para observar la fauna y disfrutar de la naturaleza en todo su esplendor. 

La Ruta de la Salamandra comienza en La Arquera, última parada de la línea 3 de TUA, junto al Bar Chema. Tomando la carretera en dirección a Lavarejos, llegaremos al primer punto de información, donde debemos pararnos a contemplar un paisaje de enorme interés, la Peña Avis y su conjunto ambiental en el que el río Nalón y los bosques de ribera nos sorprenderán por su belleza. 

Aquí crían, entre otras muchas especies, el alimoche, buitre viajero e inteligente que sabe utilizar las piedras para romper los huevos de avestruz cuando en el invierno se encuentra en África y que viene aquí para reproducirse. 

Nos encontramos con el cartel interpretativo e iniciamos un andar entre sebes, matorral que bordea el camino y que normalmente está formado por zarzamora, especie vegetal que se nos puede antojar incómoda pero que va a ser asidua compañera del camino. Estos matorrales son un refugio excepcional para la pequeña fauna: pájaros, pequeños reptiles, caracoles e insectos. Aunque nos pinchen y parezcan un estorbo, sin ellos gran parte de la vida de nuestro entorno desaparecería. 

Pronto nos encontramos con el camino embarrado. ¿Un nuevo obstáculo?, no, no, al contrario, busquemos el sitio por donde pasar sin pisarlo mucho o borraremos las huellas que precisamente queremos descubrir. Seguro que en estos pasos encontraremos los primeros indicios, las huellas del jabalí, el zorro, el tejón, el gato montés, la garduña... Ellos han pasado antes que nosotros en sus correrías en busca de comida en un prado o para acechar una presa y capturarla. 

Caminamos hasta llegar al lavadero de la localidad de Puerto. Un punto de agua fresca donde beber, pero también donde observar o intuir que se encuentran los protagonistas de esta ruta, las salamandras y los anfibios en general. Una construcción humana que se convierte en refugio de vida silvestre. Su desaparición a causa del abandono se convierte en una pérdida de vida. 

No perdamos detalle de nuestro entorno. La Peña Avis al fondo con un paisaje de meandros y bosques de ribera y, al lado nuestro, el viejo castaño de quizá 200 o 300 años de antigüedad donde podemos descubrir, bajo una rama, el pequeño agujero que nos indica que el pájaro carpintero ha construido su nido. 

La aldea de Puerto nos recibe c on pequeñas huertas familiares y casas rurales a la antigua usanza, incluidos sus hórreos, que nos indican la importancia de las antiguas cosechas y la necesidad de conservarlas. 

Llegamos al cruce y giramos a la izquierda, iniciando la subida por un cómodo camino asfaltado hasta La Trapa. Atravesamos fincas y prados con abundantes frutales viejos, productos de fruta y refugio para aves como el petirrojo o el colirrojo real. Los muros bordean las fincas; antiguos, sin cemento y con muchos huecos, son lugares extraordinarios donde los anfibios encuentran refugio bajo las piedras y mantienen su humedad. 

Llegados a La Trapa, nos encontramos en una cuenca, formando un pequeño valle, sin río que evacue el agua. Ésta se sumerge por el sistema kárstico del suelo, donde los ríos son subterráneos, es lo que se conoce como un poljé. 

Ya avistamos un territorio más asilvestrado, con pequeños y tupidos bosques de ladera formados por especies caducifolias, es decir, que llegado el invierno, pierden las hojas. Castaños, robles y abedules son los árboles más representativos. En el suelo de estos bosques, bajo las hojas, bulle la vida y en estos prádos húmedos las salamandras, que durante el día se esconden, capturarán por la noche todo tipo de insectos de los que se alimentan. 

Tomamos el estrecho sendero a la derecha y, flanqueados por espineras y avellanos silvestres, iniciamos un camino de subida, el mismo que también se ven obligados a utilizar el corzo y el jabalí, así que busquemos su presencia en el barro o en la tierra húmeda. Cuando llegamos al collado, conocido como El Bustiello, nos encontramos con el punto final de otra de las rutas, la del Buitre, pero nosotros continuamos los pasos de la Salamandra... 

Vamos bajando por el lateral derecho del valle viendo, a la izquierda, la cuenca del Boo con toda su ladera poblada de un gran bosque de castaños, altamente productivo de madera y de frutos que, como ahora no se recogen, quedan a merced de los animales salvajes. 

Es el momento de mirar al cielo. Estos terrenos forestales son propicios para observar las águilas ratoneras, escuchar al pájaro carpintero o, con suerte, ver pasar velozmente la silueta del azor, el cazador más característico de estos bosques. 

Vamos bajando por la falda de una montaña que nos puede parecer pobre en vegetación. Es cierto, es una montaña caliza y su vegetación es de porte mediterráneo, seco. Lamentablemente es una pequeña parte de la vegetación, ya que los incendios no han permitido crecer más allá de unas cuantas encinas dispersas. 

Un fuerte contraste: en la zona umbría del valle, el bosque húmedo atlántico, y en la solana, la vegetación mediterránea más adaptada a la sequedad. Cada una de ellas con su flora y fauna característica. Si en el bosque hay salamandras, en la roca caliza abundan los reptiles y, tras ellos, el águila culebrera, que podremos ver una vez que llegan en la primavera desde África. 

Una ancha pista nos lleva por la amplia y verde Vega de Siones. Cuando lleguemos al cartel informativo, en el barrio de El Pando, parémonos a descubrir lo singular de estos valles sin ríos. Es posible que el bar del pueblo esté abierto, entonces podríamos refrescarnos, de lo contrario habrá que hacerlo en la fuente restaurada de La Vallina, junto a la Capilla del Carmen. 

Tomamos de nuevo el camino cómodo de la carretera hasta encontrar un pequeño ramal a la derecha, con su señal indicadora, que nos lleva por el medio del valle y las praderías, algunas de las cuales podremos ver abandonadas por la falta de actividad agraria. Decenas de generaciones familiares han creado estos prados y los han mantenido para obtener de ellos sus cosechas de patatas o maíz. Ahora apenas se encuentran estos cultivos. 

Después de atravesar Guayoso, llegamos al barrio de Pozobal y callejeamos cuesta arriba buscando las señalizaciones hasta salir nuevamente a la carretera. Pero antes podemos hacer parada y fonda en una antigua casa de aldea restaurada con el gusto excepcional de dejarla como era originalmente para que no desentone con el entorno. 

Unos metros más arriba y a la derecha nos llamará la atención una pequeña construcción de piedra con forma circular. Es un calero, perfectamente conservado. En él se cocían las piedras calizas para obtener la cal que era utilizada en las labores del campo, la construcción, etc. 

Ya en el alto, en el lugar de El Viso, volvemos a descubrir los meandros del río Nora y, al fondo, la sierra del Naranco y la ciudad de Oviedo, que nos recuerda que lo urbano está cerca. Abandonamos la carretera tomando, a la derecha, un sendero empedrado que nos introduce de nuevo en la montaña caliza. Es el camino de Llagos, que nos llevará de nuevo a dar vista al lugar donde comenzamos, el valle de Puerto. Sobre el cielo puede volar cualquiera de las decenas de aves que forman parte de la ornitofauna astur. No perdamos el camino, no nos salgamos de él y, ¡cuidado!, estos terrenos pedregosos y soleados son el hábitat de la víbora común, muy abundante en todas las montañas de Asturias. Si nos sentamos en una piedra o en el suelo, antes debemos mirar dónde lo hacemos. 

En el alto unos eucaliptos nos darán sombra. Es lo poco bueno que dan estos árboles, expoliadores de la naturaleza allí donde son plantados. Tomaremos el camino de descenso atravesando la ladera de la montaña, un gran pastizal muy abandonado donde el ganado doméstico pasa los meses de verano, hasta llegar al Peñón del Ferrolín, una curiosa piedra bajo la que nace un manantial y en la que las antiguas leyendas ubican uno de los muchos tesoros que hay escondidos en las montañas asturianas. 

Pronto llegaremos al último punto de información y, si el día es despejado, la posibilidad de ver gran parte de las montañas costeras cantábricas se pondrá a nuestro alcance. Ya bajando encaramos la parte final de nuestro recorrido. Nos rodean en el camino madreselvas y avellanos, plantas que forman matorrales que ayudan a mantener el cierre de piedra de las fincas y evitar que el ganado doméstico salga de ellas. Generalmente es una vegetación que produce muchos frutos y, por tanto, donde hay comida hay vida. Cualquier lugar es bueno para descubrirla, incluso debajo de cada piedra, si no encontramos a la salamandra cobijada, daremos un susto a algunas de las lagartijas serranas que habitan o haremos salir corriendo a la escolopendra, a la que mejor dejamos en paz por eso de que igual nos muerde. 

Pasamos por debajo de un depósito de agua pintado de azul y volvemos a encontrarnos con la carretera. No perdamos el rastro de las baldosas indicadoras. Habrá que buscarlas a la altura del suelo, colocadas entre unas piedras, casi tapadas por unas hierbas, pero están ahí. Sigámoslas ya entre las caleyas asfaltadas de Figarines. Al final del camino nos encontramos con una señal de tráfico de stop. Bueno, no hace falta parar que para eso vamos al paso, pero giremos a la derecha y continuemos por donde nos indica cada salamandra. Llegaremos al punto final, la plaza del pueblo de Caces. 

Aquí podemos tomar el bus de vuelta a Oviedo, el tren de Feve o paramos a degustar unas sidras y algo de comer. Luego, si seguimos con fuerzas, tenemos la posibilidad de regresar caminando hacia los dominios de la Peña Avis, por la senda verde «Fuso–Tuñón», siguiendo el curso del río Nalón. 

FUENTE: «Ruta de la Salamandra», en Naturaleza de Cercanías en Oviedo (Rutas por el concejo de Oviedo), folleto con textos de Fapas.

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